El objetivo de mi «experimento»…

Como explicaba en mi post introductorio, a través de diferentes ejemplos quiero reflejar la realidad de mucha gente, con exceso de peso o sin él, pero con trabajo por hacer de autocontrol. Cuando alguien es consciente de que no sabe parar y ve el problema, se tiende a querer salir de él sin esfuerzo o con excesiva prisa. ¡No hay nada peor que sentirnos como marionetas en manos de la comida!

Hay que pensar que el autocontrol no significa privación. Por ejemplo, la paciente del caso III se priva en muchas ocasiones y es fuerte, aguanta bastantes días, pero no le puede durar mucho más, porque en el fondo se está privando. Si, por el contrario, fuera más flexible, pero tuviera más control sobre sus actos, no le daría tanta importancia y no se sentiría castigada continuamente.

Como decía Séneca: “La esclavitud más denigrante es la de ser esclavo de uno mismo”. Porque si te convences de que necesitas dulce o chuches para ser feliz, en realidad has dejado de ser libre. Sin disciplina, no hay libertad, y solo cuando puedas tomar tus propias decisiones sin ser esclavo de tu mente, tendrás el manejo suficiente para llevar una vida plena y saludable.

Martes por la tarde. Pamela llega a consulta, veo que me mira fijamente y me pregunta qué tal estoy. Le digo que bien, pero no le pregunto a ella. No suelo preguntar porque lo hago una vez que tomo medidas.

Pero ella no aguanta y me pide que le pregunta qué tal su semana. Me río y le pregunto qué tal su semana.

“Muy mal, fatal. He comido mucho todas las madrugadas. Y te lo quiero contar ya porque así soy responsable y sincera. Porque me siento tonta, mal conmigo misma y no sé qué hacer. El lunes comí 2 croissants de chocolate blanco y negro. El martes 1 kg de uvas. El miércoles 1 tableta de chocolate blanco. El jueves 1 trozo de mortadela. El viernes 4 Coca Colas con azúcar. Y el fin de semana no podía comer porque me dolía mucho el estómago.”

Era evidente que, con semejante cantidad de ingesta, escupiera por la boca su desazón de esa manera. Pamela se caracteriza por su sinceridad y, aunque reconoce su vergüenza, quiere contarme todo porque, si no, se siente peor de lo que ya está.

Le comento que para esto viene a consulta, para entender qué le pasa y cómo puede arreglarlo. Le explico que sus circunstancias con su bebé la hacen despertarse del sueño y tener períodos más cortos de la fase del sueño de ondas lentas (o tercera fase del sueño sin movimientos oculares rápidos), una de las etapas del sueño donde el descanso es más profundo y que es clave para la restauración del organismo. Esto influye en el estado de ánimo, provocando irritabilidad, apatía y menor tolerancia al estrés.

A lo largo de su vida, Pamela ha ido gestionando el estrés a través de la comida (hambre emocional), y ha puesto en práctica lo aprendido con tal de relajarse.

Pero claro, la relajación le dura escasos minutos, porque cuando vuelve a la cama no consigue dormir debido a los remordimientos.

La primera indicación que le doy es la de cepillarse los dientes nada más terminar de cenar. Después, debe llevarse un vaso de agua a su habitación y, en el caso de despertase, beberla y no levantarse, no encender la luz, ni el móvil. Realizar los ejercicios de respiración aprendidos en el Taller de Hambre Emocional y permanecer en la cama.

Si en algún momento debe levantarse a atender a su bebé, no debe hacerlo en la cocina. Si necesariamente tiene que ir a la cocina para preparar leche, que ella se haga una tila, la beba tranquila en otra estancia mientras duerme a su bebé de nuevo, a ser posible en el dormitorio, e intente irse a la cama cuanto antes.

Continuamente el objetivo es intentar romper lo mínimo posible la relajación y la rutina del sueño.

Pasada una semana, vuelve a consulta, y a la primera pregunta de qué tal, me dice que está mejor, y que tan solo dos días ha ido a comer a la cocina de madrugada. Se comió una galleta de su bebé y un filete empanado que tenía hecho. La mayoría de los días se despierta, pero ha sido capaz de pensar que puede controlarse y que quiere conseguirlo. Ha bebido agua, ha hecho sus respiraciones, pero ve el esfuerzo de tener que “pensar mucho”.

Ha notado beneficio al lavarse los dientes después de cada comida y beber agua lo primero antes de comer. Sigue trabajando en el control de su apetito y en “domar” a su cerebro. Se siente orgullosa de sí misma por haberlo hecho bien 5 noches. Continúa motivada y con mucho ánimo.

 

Sobre el experimento…

  • Consulta aquí las premisas iniciales.
  • Consulta aquí el caso I.
  • Consulta aquí el caso II.
  • Consulta aquí el caso III.
  • Consulta aquí el caso V.